¿Debemos seguir pidiendo testimonios en las entrevistas?
- Eddie Brito Cabrera
- 23 sept
- 2 Min. de lectura

Algo quehe notado en mi práctica como relacionista es que, en muchas ocasiones, cuando llevo una propuesta de entrevista a un medio, surge la misma pregunta: “¿Quién puede dar el testimonio?”. Y es lógico —los testimonios generan cercanía, emoción y credibilidad.
No se puede negar que tienen un gran valor. De hecho, en contextos positivos pueden ser transformadores:
Humanizan la causa (una historia personal siempre conecta más que un número).
Inspiran confianza y solidaridad.
Motivan a que otras personas busquen ayuda, se unan como voluntarias o decidan aportar.
(He visto testimonios que abren puertas y sensibilizan de una manera que ningún dato por sí solo logra).
Ahora bien, cuando se trata de temas delicados como la violencia de género, el maltrato infantil o la salud mental, la dinámica se vuelve mucho más compleja. Exponer a una sobreviviente en un medio puede convertirse en un proceso doloroso, incluso revictimizante.
Y aquí quiero hacer una aclaración importante: la mayoría de los medios con los que he trabajado han mostrado sensibilidad, respeto y apertura para cuidar a las personas que brindan su testimonio. En muy pocas ocasiones me he topado con experiencias distintas. Y justamente por eso creo que la conversación es necesaria: para seguir educando y construyendo buenas prácticas, no para señalar o crear distancia.
Mi trabajo en estos casos no se limita a “conseguir un testimonio”. Implica:
Evaluar qué medio es el adecuado y qué experiencias previas ha tenido.
Reconocer que no siempre tenemos que ir a todos los medios; esa evaluación estratégica es tan importante como la entrevista misma. (Un espacio equivocado puede ser más dañino que beneficioso).
Conocer quién modera la entrevista y asegurarnos de que tenga la sensibilidad requerida.
Hablar con la persona para que defina qué quiere compartir y qué no.
Coachear a los participantes para que sepan cómo manejar preguntas incómodas sin sentirse presionados ni vulnerables.
Comunicarle esos límites al medio con claridad.
Y lo más importante: que la persona nunca esté sola, siempre acompañada por alguien de la organización.
El testimonio es una herramienta poderosa, sí, pero no debería ser la única. Si condicionamos la visibilidad de una causa a que alguien tenga que narrar su dolor, corremos el riesgo de enviar el mensaje equivocado: que sin sufrimiento no hay noticia.
Creo que podemos pensar en otras narrativas que también conecten: mostrar los cambios estructurales, los logros colectivos, las propuestas que nacen desde la comunidad, los avances de las organizaciones. (Todo eso también inspira y educa).
Traigo esta reflexión porque sé que es un tema sensible. No se trata de dejar de usar testimonios —porque en muchos casos son necesarios y valiosos—, sino de cuidar cómo los usamos. Y sobre todo, de seguir construyendo entre organizaciones, medios y profesionales de la comunicación un modelo más consciente y respetuoso.
Al final, comunicar también es cuidar.
(¿Qué opinan? ¿Cómo podemos seguir fortaleciendo la manera en que contamos historias en el tercer sector?)



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